Mujer Pájaro Azul es el nombre con el que Alejandra, originaria de Tlalnepantla, decidió reunir los saberes que había acumulado tras años de aprendizaje y práctica en herbolaria y medicina tradicional.
Su recorrido ha sido también geográfico y espiritual: vivió en Naucalpan, después en Magdalena Contreras, más tarde en Santo Domingo y actualmente reside en Xochimilco. Cada lugar ha dejado una huella en su manera de mirar el mundo y de entender el trabajo como un acto de servicio y coherencia.
Antes de crear Mujer Pájaro Azul, Alejandra se dedicaba a la artesanía. Durante ese tiempo empezó a convivir en entornos donde las personas se organizaban para sostener proyectos desde la colectividad, participó en ferias, colectivos y mercados donde la cooperación y el intercambio justo eran prácticas cotidianas. A la par, comenzó a profundizar en el conocimiento ancestral, exploró lo que ella nombra como el camino rojo, una senda espiritual que une cuerpo, territorio y memoria. Esa convivencia y búsqueda simultánea moldearon su visión ética y política del trabajo.
“Mujer Pájaro Azul nació como una necesidad de sanar y compartir”, narra. “Siempre tuvo un trasfondo político y espiritual. Está al servicio del bienestar de la humanidad, pero también se funda en valores solidarios y sororos. Surgió como un espacio de cuidado y acompañamiento femenino, con la intención de rescatar conocimientos y técnicas artesanales.”
Con el paso del tiempo, Mujer Pájaro Azul se consolidó en tres dimensiones que hoy le dan estructura y equilibrio:
- Productos naturales, que incluyen cosmética cero residuos, herbolaria femenina y medicina basada en cannabis, elaborados artesanalmente bajo una ética ecológica y vegana.
- Terapias energéticas, acompañamientos que combinan saberes espirituales y prácticas de sanación integral.
- Formación y talleres, en los que enseña fitoterapia, menstruación consciente y vaporizaciones vaginales, que crean espacios de diálogo, memoria y autocuidado colectivo.
Cada dimensión nutre a las otras: los ingresos de productos sostienen las terapias, las terapias generan vínculos para los talleres, y los talleres revitalizan el sentido comunitario del proyecto.
Alejandra también ha participado en experiencias de economía solidaria que han fortalecido su perspectiva sobre el intercambio. Fue tumista, es decir, participante en una red de trueque urbano basada en el túmin, una moneda comunitaria alternativa creada en Espinal, Veracruz, en 2010, que funciona como complemento al peso mexicano y promueve el comercio justo entre productores locales (Wikipedia, s. v. “Túmin”).
Posteriormente, colaboró en la fundación del Tiangistli, un espacio de intercambio alternativo en la Ciudad de México que retomaba los principios del comercio justo y la reciprocidad. Aunque se buscó impulsar una moneda comunitaria similar al túmin, el proyecto no alcanzó a consolidarla, convirtiéndose más bien en un laboratorio de aprendizaje colectivo sobre confianza, intercambio y autogestión.
En términos generales, las monedas alternativas son medios de intercambio creados por comunidades o redes locales como complemento al sistema monetario oficial. Su propósito es fortalecer las economías locales, incentivar la cooperación y fomentar relaciones económicas más equitativas (Wikipedia, s. v. “Moneda alternativa”).
Durante la pandemia, Alejandra trasladó parte de su trabajo al entorno digital. Aprendió a usar redes sociales y plataformas en línea para distribuir los productos y mantener contacto con las personas que los consumen. “Las ventas ahora se dan en línea; si tienes un buen post o una buena promoción, puedes vender sin pagar los dos o tres mil pesos que cuesta un bazar”, explica. La digitalización le permitió mantener su independencia y llegar a nuevas personas sin depender de intermediarios.
Después de casi una década de trabajo, Alejandra habla de Mujer Pájaro Azul no como una empresa, sino como un proceso vivo. “Gestionar un proyecto implica mucho más que producir”, dice. “Hay que aprender a calcular los costos reales, administrar el tiempo, manejar redes, responder mensajes, llevar la contabilidad, hacer entregas, comprar insumos, atender clientes… y, aun así, seguir creando. Es un ejercicio de constancia, pero también de amor.”
Lejos de ver el emprendimiento como una lucha, lo asume como una práctica de libertad. Para ella, tener un proyecto propio es como dar a luz: requiere preparación, cuidado y entrega. “Un proyecto es un nacimiento. Es algo que pide tu tiempo, tu energía, tu atención. Si no lo cuidas, no crece. Y si lo fuerzas, se muere. Por eso hay que escucharlo, dejar que tome su forma, sin compararlo con los de los demás.”
Como etnohistoriadora y promotora de prácticas solidarias, Alejandra reflexiona sobre el papel de quienes consumen. No habla de “clientes”, sino de personas que participan del intercambio vital. “Cuando compras algo —dice—, no estás ayudando al productor, te estás ayudando a ti. Es energía lo que intercambiamos por dinero. Entonces, ¿dónde dejamos esa energía? ¿En proyectos depredadores o en los que buscan cuidar la vida?”
También reconoce que la colaboración tiene sentido cuando existe reciprocidad y retribución justa. “A veces se confunde el trabajo colectivo con hacerlo todo por amor —explica—, pero el amor también necesita sostenerse. Podemos ayudarnos, sí, pero con acuerdos claros, donde todas las partes crezcan. Eso también es cuidado.”
Más que una productora o emprendedora, Alejandra se asume como una mediadora entre los saberes ancestrales y las realidades contemporáneas. Desde su práctica cotidiana, genera conocimiento situado: observa, experimenta y comparte. Enseñar a otras mujeres a preparar una tintura o una pomada no es un acto técnico, sino una forma de devolver al cuerpo la capacidad de conocer.
Con la mirada al frente, Alejandra imagina una nueva etapa para Mujer Pájaro Azul: consolidar un espacio físico propio donde pueda producir, impartir talleres y recibir a otras mujeres que también buscan sanar y aprender. No se trata de expandirse en términos comerciales, sino de enraizar el proyecto para hacerlo sostenible y compartido. Sueña con un pequeño laboratorio-herbolario donde la tierra, el agua y las plantas sigan siendo las maestras, y donde el trabajo sea una extensión del cuidado.
En su experiencia, la economía social no es una etiqueta institucional, sino una práctica cotidiana. “No hay una sola forma de economía —ha dicho—, sino muchas maneras de relacionarnos. Y en esas relaciones también se sostiene la vida.”
En su taller, entre frascos de vidrio, plantas secas y aceites, Alejandra mezcla aromas, texturas y memorias. Dice que todo lo que hace tiene la intención de cuidar. Quizás por eso, más que un negocio, Mujer Pájaro Azul parece un caldero donde se entrelazan los ingredientes de un modo de vida: conocimiento, autonomía y paciencia.
“Quiero que Mujer Pájaro Azul tenga un lugar donde crecer sin prisa —declara—. Un espacio que me permita seguir aprendiendo y compartir con más personas. No busco una gran empresa, busco estabilidad, un hogar para el proyecto. Que siga volando, pero con raíces.”
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